Las consecuencias negativas del estrés crónico

La reacción natural de nuestro cuerpo a situaciones externas de peligro o a las presiones que nos impone la vida diaria es la producción de hormonas como el cortisol y la adrenalina que impactan en diferentes órganos y nos ponen alertas y preparados ante un examen, un hecho traumático puntual, un peligro o una situación emocionante. Gracias a esta adaptación, llamada estrés agudo, el ser humano logra resolver y salir adelante de situaciones conflictivas.

Pero también existe el estrés crónico, cuando las glándulas suprarrenales (responsables de la presencia del cortisol y la adrenalina) funcionan casi permanentemente debido a las exigencias permanentes de la vida diaria o a dificultades personales o laborales. A mediano plazo, este estado de alerta sostenido desgasta al organismo y puede producir diversas patologías y malestares que van desde alteraciones del sueño a la aparición de migrañas, contracturas musculares, pérdida de memoria, alteración de los niveles de la presión, el colesterol y el azúcar en sangre. Otras consecuencias son la baja de defensas y distintas alteraciones en el estado de ánimo que pueden llevar a la depresión o a distintos desequilibrios emocionales.

Hay personalidades más predispuestas que otras a sentirse superados por situaciones que las perturban en mayor o menor envergadura. Pero también una mala alimentación (desbalanceada y desordenada), el exceso de trabajo, la falta de orden, el sedentarismo, la falta de desconexión de nuestras tareas habituales “alimentan” a este estrés crónico que termina siendo un círculo vicioso de malestar.

Para contrarrestar esto, conviene tratar de tener hábitos saludables (estar al aire libre, practicar algún deporte, comer sano, descansar) pero también aprender a relajarse y a organizar las tareas para evitar desbordes. Y, fundamentalmente, salir del peor aspecto del estrés crónico: el acostumbramiento.

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